G20

Las mujeres del poder que llegarán esta semana a Buenos Aires

El G20 tiene también un rostro femenino. Por un lado, están las mujeres del poder, como Angela Merkel (Alemania), Theresa May (Reino Unido) y Christine Lagarde (Fondo Monetario Internacional), todas dueñas de fascinantes histo...

El G20 tiene también un rostro femenino. Por un lado, están las mujeres del poder, como Angela Merkel (Alemania), Theresa May (Reino Unido) y Christine Lagarde (Fondo Monetario Internacional), todas dueñas de fascinantes historias, que tienen –por qué no- capítulos muchas veces ocultos detrás de su investidura. Y estos incluyen el amor, la tenacidad y una inteligencia de ajedrecistas

Y, por el otro, están las esposas de los jefes de Estado, que no se quedan atrás en el anecdotario. Muchas de ellas, son personajes en sus propios países y no sólo por el hecho de ser consortes de tipos poderosos. Por ejemplo, la esposa del premier chino, Peng Liyuan, fue por muchos años más famosa que su marido, Xi Jingping, por ser una eximia soprano y la estrella de coloridos shows televisivos de año nuevo. O Akie Abe, la mujer de Hinzo Abe (Japón), que baila flamenco y es conocida por llevarle la contra de manera vehemente. O Begoña Gómez, a quien apodan como la Michelle Obama española, tanto por su currículum profesional como por su buen gusto a la hora de vestirse.

De todas ellas, acaso la que se lleve el título de reina de corazones sea Brigitte Macron. Su esposo, Emmanuel, el presidente de Francia, se enamoró perdidamente de ella cuando tenía 16. Era su maestra de teatro: 24 años mayor. Madre de tres hijos, casada y de un pueblo de provincia, la suya era una historia con todos los condimentos para ser prohibida y fracasada. Dicen que él había escrito una novelita erótica para seducirla. Su marido la dejó cuando se enteró de su increíble affaire con el entonces adolescente, que fue obligado por sus padres a marchar a París para que la olvidara a la distancia. Pero cuando el amor es más fuerte, no hay vueltas que darle: el cuento termina bien. Están casados hace más de una década. Y ella fue un importante factótum en la campaña que lo llevó al poder, transformándose en un ícono de mujer, que rompe con los moldes de verdad.

Angela Merkel no vestirá de Vuitton, como Brigitte Macron, sino con trajecitos todos de look parecidos y de colores lisos, pero es dueña de una inteligencia feroz. Y de una paciencia estratégica, que permitió escalar a la cumbre del poder en Alemania, a pesar de haber venido del bloque comunista. Ahora está en su peor momento: hace poco anunció que ya no se presentará más a elecciones (lleva 13 años al frente del Gobierno), luego de la última derrota electoral de su partido en Baviera. Pero, no hay duda que Mutti (Mami), como lo dicen en Alemania, dejará una marca en su país. Pensar que el día que cayó el muro de Berlín, ella tenía 35 años y nunca había puesto un pie en un país capitalista. Esa noche tumultuosa, venía de darse un baño sauna, cuando vio que la gente se dirigía hacia el sector Occidental y prohibido de la ciudad para los ciudadanos del Este. Y terminó tomando una lata de cerveza del otro lado. Nunca había visto la cerveza envasada en una lata.

Hija de un pastor luterano, estaba acostumbrada a no hablar de política en público (la Stasi, la policía secreta comunista, era fatal), lo que le dio seguramente después armas para desconcertar a sus enemigos. Habla ruso como si fuera rusa. Es física de profesión: especialista en química cuántica (tiene un doctorado). Helmut Kohl, entonces el canciller de la República Federal Alemana, fue el que la trajo a la política en Occidente. Le decía mein Mädchen (mi nena). Y aunque le dio el ministerio de la mujer (su primer cargo público), ella nunca entendió el feminismo. De hecho, le molesta que sólo la vean como mujer, ya que estaba acostumbrada a la sociedad comunista, en el que las mujeres tenían plenos derechos y eran respetadas por sus trabajos. En 1982, ella se divorció abruptamente de Ullrich Merkel, que también era estudiante de física. Y, luego, se enamoró de un señor que había estado casado por 16 años y que tenía dos hijos. Es su actual (y desde hace muchos años) pareja, Joachim Sauer, quien estará de “consorte” en Buenos Aires. El matrimonio no tiene hijos.

Dicen que Akie Abe es “la oposición” a su marido, que es un conservador de derecha. Y esto es porque generalmente opina y hace cosas con las que él está en contra. Ella es fan total de la cultura de Corea del Sur, acaso también del K-pop. A fines de los años 90, era una popular disk jockey en una radio y la conocían como Akky. Cuando fue el accidente de la central atómica Fukushima, se manifestó en contra de la energía nuclear. Y es conocida por sus posiciones a favor de los derechos LGBTQ: ha concurrido a marchas del orgullo gay. Hija de un empresario de golosinas, fue a un colegio católico. Cuando su marido asumió como primer ministro (no tienen hijos), abrió una especie de bar donde sirve vegetales orgánicos. Es muy activa en las redes sociales, aunque después de un escándalo en torno a una escuela nacionalista (un asunto conocido como el Marimoto Gakuen), no se ha mostrado tan activa como antes en sus opiniones.

En el Parlamento, a Theresa May se le podrán reír en la cara (como cuando presentó su última propuesta para el divorcio con la Unión Europea, el Brexit), pero ella no se queda atrás en el arte de devolver ironías como un espadachín. Así se hace política en el Reino Unido. Y nadie la vio venir, que a los 59 se quedó con el podio del primer ministro. Como Merkel, es hija de un pastor (aunque anglicano), que murió trágicamente cuando ella tenía 25. Su madre murió unos meses después, y Theresa, que era hija única, quedó devastada. Pero eso –dicen- se acercó mucho más a su marido, Philip, que es dos años más joven. Se conocieron en Oxford, en una disco a la que sólo van chicos tory (conservadores). ¿Cómo será eso? Entonces, se debatía si el sexo era mejor que el éxito. Ambos trabajaban en la banca de inversión. Hasta mudarse a 10 Downing Street, vivían en Sonnin-on-Thames, en Berkshire, con vecinos famosos como el guitarrista Jimmy Page y George y Amal Clooney. Dicen que es una eximia cocinera, con más de 100 libros de cocina en su haber. Menos mal que los últimos ocupantes de la casona de los primeros ministros, la familia de James Cameron, habían reformado la cocina, que tiene más de un siglo. No tiene hijos. Cuando le preguntaron que se llevaría a una isla desierta, respondió: la novela Orgullo y Prejuicio (de Jane Austin) y una suscripción vitalicia de la revista Vogue.

“Papa Xi ama a Mama Peng”, fue una canción que explotó en las redes chinas hace unos años. Y se refiera a la historia de amor entre el premier chino y su esposa. Entre otras cosas, la pegadiza melodía decía esto: “Este es un tipo de amor que Xi Dada le da a Peng Mama, Cuando están juntos, él siempre la mira con sonrisas felices.

Este es un tipo de amor que Peng Mama le da a Xi Dada, Sosteniendo su mano, su sonrisa es la flor más hermosa”.

Tanta adoración pública es infrecuente en China. Pero la Sra. Peng es distinta a todas sus predecesoras. Por empezar, su fama que trasciende las fronteras de China. Cantó en el Lincoln Center en Nueva York y en Viena. Interpretó el papel de Mulán, la heroína china que se viste de hombre para marchar a la guerra. Era la estrella principal de esos shows televisivos rutilantes que se hacen en año nuevo, donde canta rodeada de bailarines vestidos con trajes exóticos. Cuentan que ella mantuvo por muchos años en secreto su matrimonio con Xi, que era un funcionario más del partido comunista cuando armaron la pareja. Tiene mucho estilo para vestirse. Tanto, que fue reconocida por su buen gusto por la revista Vogue, así que es una figura aspiracional para las propias mujeres en China. Además, fue embajadora de Naciones Unidas para temas de salud, sobre todo, SIDA.

Cuando en 1968, los estudiantes marchaban por las calles de Francia en el famoso mayo francés, Christine Lagarde se iba a la pileta. Y practicaba nado sincronizado, una disciplina que la llevó a las Olimpíadas. Le orden era: “apretá los dientes y sonreí”. Así que si ven a la jefa del Fondo Monetario Internacional con los labios estirados de oreja a oreja, ya saben dónde aprendió a hacer ese gesto. La señora tiene una personalidad especial, que combina perfectamente la informalidad de los norteamericanos con la distancia de los franceses. Y esto es porque estudió y trabajó en los Estados Unidos, antes de ingresar a la política en Francia. Se casó y divorció dos veces. De su primera experiencia matrimonial, tiene sus dos hijos. En 2006, cuando era ministra de comercio exterior, fue a un evento en Marsella, una reunión con empresarios locales, en la que por casualidad se reencontró con un compañero de la escuela de leyes. Era un empresario de Córcega, Xavier Giocanti. Fue un amor a primera vista, dicen. Se han mostrado inseparables desde entonces. Ella es una tipa alta (mide 1,78) y extremadamente deportista. Uno de sus deportes favoritos es la bici. En Washington, se viste con casco y lentes protectores, y sale a recorrer todas las semanas 20/30 kilómetros, sin que nadie advierta quién es. Si la cruzan por la bicisenda, ya saben.

Melania Knavs (Melania Trump) es una primera dama muy especial, en un país donde la mujer del presidente tiene una gravitación en su misma. Estados Unidos no había tenido una extranjera en esa posición desde 1829, cuando la ejerció Louisa Adams, la esposa de John Quincy Adams. Nació en un pueblo de Eslovenia, lo que le da un acento en inglés muy particular. Lo conoció a Donald Trump en una fiesta organizada por su agencia de modelos en un restaurante en la zona de Times Square, en 1998. La leyenda cuenta que él le pidió el teléfono aprovechando que su entonces acompañante se había ido al baño, y que ella, en vez de darle el suyo, le pidió el número a él. Y así nació la relación, que se consumó en matrimonio en 2006. La pareja tiene un hijo, Barron. A Melania no parece gustarle ser el centro de atención, pero cuando tiene que salvarle las papas a su marido lo hace con bravura. Por ejemplo, cuando apareció durante la campaña electoral una grabación en el que se lo escuchaba diciendo que él no podía resistirse a tocar genitales femeninos, ella dijo: “mi marido es un buen esposo. Esas son conversaciones de vestuario”, dijo, desestimando todo el asunto. Cuando criticaban a Trump por su política de separar a las madres indocumentados de sus hijos pequeños, se puso una chaqueta que decía: “A mi no me importa, ¿y a vos?”. Un mensaje críptico, que podría ser interpretado en cualquier sentido. Tiene excelente gusto para vestir, así que esperen que en Buenos Aires luzca modelos que dejaran a cualquiera con la boca abierta.

Marcela Temer tiene 43 años menos que su esposo, Michell Temer, el presidente de Brasil. En 2002, acompañó a un tío a un evento del Partido del Movimiento Democrático Brasilero (PMDB), donde conoció a su marido. Ella tenía sólo 19 años. De familia evangelista, las primeras citas con quien fue luego su marido eran con la madre. Su imagen salió a la palestra cuando Temer juró como vice de Dilma Rousseff y se convirtió en trendic topic de manera instantánea. Es muy bonita. La pareja tiene un niño. Y ella se convirtió, eventualmente, en abogada.

Fuente: Clarin

  • Fecha 27.11.2018
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