POLITICA

El peligro de quemar los diccionarios

Mientras el gobernador bonaerense llamaba a una rebelión estudiantil contra la sintaxis y la gramática, padres de una escuela pública de Berisso reaccionaban contra una docente que, en un discurso escolar, los definía c...

Mientras el gobernador bonaerense llamaba a una rebelión estudiantil contra la sintaxis y la gramática, padres de una escuela pública de Berisso reaccionaban contra una docente que, en un discurso escolar, los definía como “argentines” y les hablaba de “nosotres”. ¿Por dónde pasa hoy la verdadera rebeldía? ¿Por los padres que le reclaman a la escuela más seriedad y menos militancia? ¿O por un gobierno que convoca a los alumnos a quemar (simbólicamente) los diccionarios, “independizarse” de la Real Academia Española y “hablar como se les cante”?

La pregunta puede parecer abstracta, pero se conecta con otros interrogantes: ¿qué les propone el poder a los jóvenes? ¿A qué épica se convoca a una generación que ve con angustia e incertidumbre su propio futuro? ¿Qué compromiso tiene el Gobierno con la educación? ¿Y qué distinción se hace entre educar y militar?

Detrás del llamado de Kicillof a romper lanzas con la gramática hay una confusa telaraña conceptual que se contradice con la esencia misma de la educación y con nociones básicas de las sociedades civilizadas. Por supuesto que, grandes y chicos, son libres de hablar como quieran, y no es una libertad que dependa de la autorización ni la venia de ningún gobernador. Pero esa libertad debería ser tan obvia como la obligación de la escuela de enseñar reglas, métodos, sistemas y técnicas, tanto en el complejo terreno de la lengua como en el de otras disciplinas. ¿Qué viene después de “hablen como quieran”? ¿Sumen y multipliquen como quieran? ¿Vengan a la hora que quieran? ¿Hagan lo que quieran? La demagogia siempre puede sonar tentadora; el problema son las consecuencias.

Tal vez convenga examinar el trasfondo de la propuesta del gobernador, porque desnuda también una forma de concebir el poder y de pensar a la sociedad. El “hablen como quieran” remite a una idea de anomia, de ausencia de reglas y de patente de corso. Dirigido a los más jóvenes, el mensaje es peligroso, aunque no deje de ser ramplón. “No nos va a venir a decir España cómo tenemos que hablar”, se envalentonó el funcionario. No es solo una bravuconada demagógica; carece también de toda consistencia intelectual. La Real Academia Española (a ella se refería) no es un cuerpo legislativo supranacional ni emite normas obligatorias; es solo una institución que vela por la corrección del español sin cerrarse a las innovaciones y transformaciones de la lengua. Confundir todo sistema de reglas con imposiciones opresivas y creer que la adhesión a estructuras normativas (en este caso, idiomáticas) es una forma de “dependencia” expresa un amasijo de eslóganes que ni siquiera alcanza el estatus de una idea; mucho menos de una ideología.

El discurso tribunero y simplón exhibe, además, el descompromiso con el estudio y el esfuerzo. ¿Para qué embarcarnos en el arduo aprendizaje de la lengua cuando “la autoridad” nos habilita a hablar como queremos? El de Kicillof no es un discurso aislado; es la expresión (grotesca, si se quiere) de un sistema de pensamiento que ha colonizado la escuela y que emana del poder. La rebeldía parece asociada a la ignorancia; el mérito es un disvalor; la autoridad es, por definición, autoritaria; corregir se confunde con censurar, y las normas apenas se conciben como meras sugerencias: “nadie nos va a decir lo que tenemos que hacer”.

La embestida del gobernador contra la Real Academia es, en definitiva, la embestida contra la noción de autoridad moral; es una embestida contra la autoridad del saber. El mensaje, por lo tanto, no es solo para los alumnos, sino también para los maestros y profesores. Lo que Kicillof les está diciendo es ¿quiénes son ustedes para marcarles a los chicos cómo tienen que hablar? Con esos párrafos rústicos en medio de un acto escolar, el gobernador decretó, en definitiva, la muerte de la autoridad docente. Es una autoridad de la que ya quedaba poco y nada: ahora ha sido abolido oficialmente el deber de enseñar y corregir.

Es paradójico porque, con ese discurso y esa lógica, se destruye lo que se dice defender: la escuela pública, por un lado; la igualdad de oportunidades, por otro. Como siempre, las mayores víctimas del deterioro educativo, y de la devaluación de la función docente, son los sectores más vulnerables. Se les dice a los chicos que “hablen como quieran”, pero se les oculta que si no aprenden a hablar correctamente su futuro será más limitado.

El mensaje gubernamental intenta maquillarse de rebeldía y de libertad, pero convierte en imposición la sintaxis de su propio ideologismo. ¿Hay algo más reñido con la libertad que cambiar la enseñanza por la bajada de línea y los diccionarios por los manuales militantes? Cuando el llamado a rebelarse proviene del poder, se parece más a un llamado a obedecer. Eso es lo que hacen, en definitiva, los docentes que suben al escenario (como en la escuela de Berisso) para hablar en “lenguaje militante”, que no es otra cosa que una jerga oficial. ¿Les hablan a sus alumnos o buscan la simpatía de sus superiores? Bajo la máscara de la rebeldía, parece esconderse un sistema de disciplinamiento ideológico que, más que hablar “como quieran”, impone el deber de “hablar como nosotros”.

El llamado a rebelarse contra las normas idiomáticas encubre, además, una idea de fragmentación social. La lengua es, en todas las sociedades democráticas y evolucionadas, un territorio común. Es un engranaje esencial de articulación e integración cultural; es una conexión con las raíces, un puente con nuestra historia y una marca de identidad. Por eso es que bastardear su arquitectura normativa no solo es una frivolidad: es otro paso en el proceso de desintegración sociocultural que sufre la Argentina.

Las reglas nunca han sido, para la lengua española, un corset ni una limitación. En una sociedad forjada en la inmigración, como la nuestra, el lenguaje es un tejido poroso, permeable a la transformación constante, a la diversidad, a la transgresión y a la inventiva. Asociar las normas del idioma a algo rígido y pacato sería ignorar el valor del lunfardo, el ingenio del habla coloquial y la mixtura de la academia con la calle en el enriquecimiento de nuestro hablar cotidiano. Cada generación, por supuesto, aporta sus modismos y rupturas, y así se ensancha todo el tiempo el territorio común de una lengua viva. Ahora mismo, TikTok y la música trap están incorporando un nuevo vocabulario, como lo han hecho la zamba, el tango o la cultura gaucha. Pero no sería posible enriquecer ese espacio común si la escuela no enseñara las raíces y las normas lingüísticas e idiomáticas, como no serían posibles la vitalidad y la diversidad de las democracias si no se respetaran las Constituciones y las leyes. Hay un hilo (no demasiado invisible) que conecta la anarquía del lenguaje con el desapego a la ley. Se entroniza el “hago lo que quiero” en lugar de “lo que debo”.

El del mal llamado “lenguaje inclusivo” es, después de todo, un debate menor. En un país desgarrado por la violencia de género, la pobreza extrema y la tragedia educativa, hablar con la “e” o escribir con la “x” es una frivolidad, una distracción y una careta con la que el poder intenta esconder sus propios fracasos. El debate central tal vez pase por la educación, por el sentido de las normas y la construcción de un país integrado. En ese caso, el discurso de Kicillof no debería verse como un mero arrebato superficial y demagógico, sino como la expresión de un ideologismo destructivo.

¿Cuánto de esa falsa rebeldía y del pseudoprogresismo facilista representa al espíritu de la propia sociedad? De la respuesta a ese interrogante quizá dependa el futuro de la Argentina. La reacción espontánea de los padres de una escuela de Berisso ofrece razones para el optimismo. Son padres de la educación pública que quieren que a sus hijos les enseñen con libros y diccionarios, no con panfletos ni manuales del buen militante; quieren que la escuela sea un sistema de normas, no un territorio dominado por la anomia; quieren que los docentes sean docentes, y que la libertad del lenguaje no se confunda con una “bajada de línea”. Quizá la verdadera rebeldía hoy pase por esos padres de una barriada humilde: es, al fin y al cabo, la rebeldía por el futuro de sus hijos.

Fuente:Luciano Roman para La Nación

  • Fecha 29.06.2022
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