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Artesanos del neón: luces y sombras de un oficio que renace

La teoría de que algunos de los inventos más importantes –o interesantes– suelen ser fruto tanto de la genialidad como de la suerte podría tener otro ejemplo más en Georges Claude, el inventor de la primera ...

La teoría de que algunos de los inventos más importantes –o interesantes– suelen ser fruto tanto de la genialidad como de la suerte podría tener otro ejemplo más en Georges Claude, el inventor de la primera lámpara de neón. Sucede que Claude, que era químico y estaba investigando la composición del aire, se encontró casi por accidente con otros gases (los gases nobles), y no sólo eso, sino que descubrió que gracias a una pequeña descarga eléctrica éstos podían hacerse visibles. Lo que sigue es historia. Claude diseñó lámparas en base a estos gases, comenzó a vender las licitaciones para hacer carteles, y finalmente amasó una fortuna luego de la primera guerra mundial. Su invento, que conoció la gloria y el olvido, hoy está en pleno renacimiento de la mano del boom gourmet (con cartelería y decorados a puro neón), y de la tendencia de hacer todo instagrameable.

Transformadores

Podría decirse que fue un poco de genialidad y otro poco de suerte lo que llevó a María Weimer al taller de Juan Pablo Alquezar. “Mi familia no entendía nada cuando les dije que iba a trabajar de esto. Me dijeron: ‘¿Estás segura, mirá que está difícil?’. Me preguntaban para qué había estudiado en la universidad si iba a trabajar en un taller. Pero para mí la oportunidad de mezclar el diseño con un oficio era lo mejor del mundo”, cuenta María. Aunque el comienzo fue difícil, su perseverancia y curiosidad hicieron que pasara de aprendiz a socia de Juan Pablo en un oficio copado por chicos. Es, además, una de las pocas mujeres del rubro. Tal vez la única.

El taller donde trabaja esta dupla está a unas cuadras de Plaza Flores y pertenecía al papá de Juan Pablo, que diseñaba transformadores para neón. Abrió en la década del ‘80 y, mientras funcionó, sólo hacía esos aparatos ya que antes, como explica Juan Pablo, “el trabajo estaba mucho más segmentado: los carteles de neón se producían de manera industrial en grandes fábricas donde todos tenían su rol asignado, en contraposición a la elaboración casi artesanal y mucho más fluida de hoy, donde todos hacen de todo”.

Así, Juan Pablo, que arrancó a los 17 y que también es músico de vocación, fue pasando por todos los puestos hasta que aprendió el oficio completo. “A mí siempre me gustó lo manual y lo artístico, mi vieja es artista plástica y a mí me atrapó la música desde muy chico. Un día vino mi viejo y habló seriamente conmigo para que me encaminara en lo laboral. Así empecé.” Si bien Juan Pablo se acercó al neón, como muchos otros en el rubro, por traspaso generacional del negocio, su amor por el trabajo se lee en la manera en que se mueve, con calma y dedicación. El proceso de armado de un cartel de neón es largo y no apto para impacientes. Además de ser una labor costosa económicamente y bastante solitaria. No es exactamente soplar y hacer botellas (aunque sí hay que soplar el vidrio, más específicamente los tubitos de vidrio al doblarlos). A su vez, lleva un tiempo importante de aprendizaje, no sólo para entender los procesos técnicos del gas y la electricidad, manejar el soplete (el accidente más común en el taller es chamuscarse el pelo), o doblar el vidrio, sino para que el cuerpo asimile y genere memoria de los movimientos.

Es un oficio que hace de la repetición, arte. ¿Cómo hacer para saber el punto justo en el que hay que doblar, soplar o hasta cuándo puede moldearse el vidrio? ¿Hay una ventana antes de que se enfríe y se solidifique de nuevo? “No hay recetas, yo te puedo decir cómo se hace, pero lo tenés que sentir, tiene sus tiempos y, como algo manual, lo aprende la mano más que el cerebro”, confiesa Juan Pablo sin intentar ser místico.

Tradicionalismo vs. new school

Con el paso del tiempo, lo que se puso de moda modificó la demanda y así, con la irrupción de formas más baratas de iluminación (el consumo se volcó al LED), el neón fue cayendo en desuso. El arte se fue perdiendo. Cuando las históricas fábricas de neón de los años ‘30 y ‘40 se fueron achicando debido a que había menos trabajo, la actividad se volvió algo familiar, con los vidrieros trabajando muchas veces solos desde sus talleres y cubriendo todos los roles. En la base de esta pirámide se encontraban maestros vidrieros como Armando Caledoni, quien formó a los abuelos de muchos de los actuales fabricantes de la ciudad que todavía continúan trabajando.

Precisamente, la historia de Sergio Santos, de Santos Neón, uno de los negocios más antiguos en el rubro, es calcada de este molde. El taller de su padre arranca en 1947, y luego de formar a sus cuatro hijos, todo queda al cuidado de Sergio y su hermano Héctor. “Luego del alejamiento de dos de mis tres hermanos, mi hermano Héctor, el único en quedarse, me propuso hacernos cargo del taller; entonces volví a dejar el secundario que había retomado para dedicarme de lleno”, explica Sergio en el taller escuela del que salieron muchas personas que hoy se dedican a esto.

La aproximación de Sergio al rubro, a diferencia de las nuevas generaciones de neón makers, fue más por exposición cotidiana. “Mi papá Alberto tenía el taller adelante y nosotros vivíamos en el fondo: toda mi infancia estuve acá molestando o ayudando, y para cuando tuve mis 15 y entré de aprendiz, era como si ya supiera todo. Jugaba doblando pedacitos de vidrio parado en una silla.” Esta naturalidad no le quita el cuidado por el detalle, el profesionalismo y la pulsión por hacer las cosas cada vez mejor.

Del taller de Sergio han salido obras de neón en colaboración con artistas de gran trascendencia, fusionando carterlería, arte y arquitectura, como es el caso del Pie de Hermes que se ve en la fachada de la Fundación Telefónica (la obra más grande de este tipo hecha en el país), la frase de Borges del CCK, o el famoso túnel de neón, construido para la recreación de la obra Menesunda de Marta Minujin, que se hizo hace poco.

Pero quizás el rasgo más interesante y preponderante para el rubro, es que Santos Neón es uno de los pocos talleres escuela que hay. “Mi padre ayudó a muchos colegas en sus inicios. Ahora preparamos gente para continuar con este oficio que antiguamente era más cerrado, sólo de padres a hijos. Particularmente, creo que ya no corresponde que sea como era antes”, dice Sergio.

Secretos verdaderos

Esta reticencia de la que habla Sergio fue algo que no sólo vivió Juan Pablo al ingresar al rubro, sino también, y quizás mucho más por su condición de chica, María. “Mandé mails a todos los talleres conocidos y nadie me respondió, hasta que llegué a Sergio. Me comentó que tenía mucho trabajo y que necesitaba una asistente. Me puse muy contenta, recién me metía en este mundo: antes editaba videos”, relata María de sus inicios, hace ya cinco años. “Me daba cuenta de que no pertenecía a ninguna familia del rubro. Me decían: ‘¿Pero vos no sos la hija de nadie?’ De hecho algunos creían que era la hija de Sergio.” En veinte años de dar clases de soplado y moldeado de vidrio, María fue la primera alumna que le insistió para que le enseñaran los secretos del neón. Y perseveró. No sólo eso, su llegada significó una feliz convergencia creativa y comercial, en la que Juan Pablo aportó con generosidad y paciencia su conocimiento y ella, la frescura generacional que le permitió al negocio crecer (desde pensar un nombre e idear un logo, a hacer difusión en las redes sociales y salir a conseguir clientes).

Recién en los últimos años y a raíz de otro boom, el de la gastronomía, el neón está volviendo a verse en cervecerías, bares, restaurante y tiendas palermitanas que se fotografían incesantemente para subir a redes. Hoy el neón se ha convertido en fetiche instagrameable, y es esta condición lo que solventa y justifica un trabajo cada vez más caro. Sobre todo ahora que los materiales vienen casi únicamente de afuera (a precio dólar o euro). A su vez, mientras que antes se cobraba por metro (de vidrio usado), ahora se cobra por dificultad que lleva la pieza, con diseños cada vez más complejos. Un artesano del neón puede estar en promedio unas 8 horas en un taller, y eso si no está apurado con los pedidos. ¿Otra modalidad que se puso de moda? Si el tiempo y el dinero escasean, siempre se puede alquilar un neón ya hecho.

La naturaleza del trabajo mutó y mientras que antes se consumían carteles gigantes pero de tubo recto (vienen a la cabeza los grandes carteles del supermercado Coto), hoy los encargos son más enrevesados. El neón ya no es sólo para iluminar, sino que forma parte de la ambientación y la artística de un lugar. ¿Lo único que parece no cambiar? El placer tanto de los artesanos como de los observadores, sean de la generación que fueren, por sumergirse en este mundo de luces y destellos, que al menos por un rato, todo lo iluminan. 

Fuente: Clarin

  • Fecha 05.04.2019
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