Opinión

Suiza, tierra de capitalistas sanos y felices

Al igual que muchos intelectuales progresistas, Bernie Sanders remonta su visión de paraíso económico no a dictaduras socialistas como Venezuela, sino a sus primos distantes como Escandinavia, que son igual de ricos y democr&a...

Al igual que muchos intelectuales progresistas, Bernie Sanders remonta su visión de paraíso económico no a dictaduras socialistas como Venezuela, sino a sus primos distantes como Escandinavia, que son igual de ricos y democráticos como Estados Unidos, pero tienen distribuciones de riqueza más equitativas, así como cuidado médico al alcance del bolsillo y universidad gratuita para todos.

Sin embargo, hay un país mucho más rico e igual de justo que cualquiera en el trío escandinavo de Suecia, Dinamarca y Noruega. Pero nadie habla de él.

Esta economía europea de 700 mil millones de dólares figura entre las 20 más grandes del mundo, significativamente más grande que cualquiera en Escandinavia. Ofrece prestaciones sociales igual de extensas que las de Escandinavia, pero con impuestos más leves, un gobierno más pequeño y una economía más abierta y estable.

Su crecimiento constante la convirtió hace poco en la segunda nación más rica del mundo, después de Luxemburgo, con un ingreso promedio de 84 mil dólares al año, o 20 mil dólares más que el promedio escandinavo. El dinero no es la medida definitiva del éxito, pero sondeos también califican esta nación como una de las 10 más felices del mundo.

Esta utopía es Suiza.

Aunque en décadas recientes ha ampliado su ventaja en ingresos sobre Escandinavia, Suiza se ha estado poniendo al día en métricas de igualdad. La riqueza y el ingreso están distribuidos entre la población de forma casi tan equitativa como en Escandinavia, y la clase media posee alrededor del 70 por ciento de los activos de la nación. La gran diferencia: la familia suiza típica tienen un valor neto que ronda los 540 mil dólares, el doble de su contraparte escandinava.

En su mayoría, los intelectuales ignoran a Suiza como modelo, quizás amedrentados por su exagerada reputación como pequeño y turbio refugio fiscal. En 2015, Suiza aceptó bajo presión compartir los registros bancarios con las autoridades fiscales extranjeras, pero eso no ha desacelerado en nada su economía.

Capitalista hasta la médula, Suiza aplica impuestos más leves sobre individuos, consumidores y corporaciones que los países escandinavos. En 2018, su tasa más alta de impuestos sobre la renta fue la más baja en Europa Occidental con 36 por ciento, muy por debajo del promedio escandinavo del 52 por ciento.

El gasto gubernamental equivale a un tercio del PBI, en comparación con la mitad del PBI en Escandinavia. Y Suiza es más abierta al comercio, con una participación de exportaciones globales de alrededor del doble de la de cualquier economía escandinava.

Un gobierno optimizado y fronteras abiertas han ayudado a convertir a este país sin salida al mar en una incubadora improbable de compañías globalmente competitivas. Para desarrollar riqueza, un país necesita hacer cosas ricas, y una clasificación del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) de naciones calificadas con base en la complejidad de los productos que exportan sitúa a Suiza en segundo lugar después de Japón, y antes de los países escandinavos, cuya posición promedio es 15.

La economía suiza es tan descentralizada como su sistema político. Viajando al suroeste de Zúrich a Ginebra hace poco, quedé impactado por cuántas exportaciones suizas icónicas se originan también en sus provincias —navajas Swiss Army de Schwyz, relojes de Berna, cachorros San Bernardo de un paso de montaña en Valais, queso y chocolates de Friburgo. Compañías pequeñas son el ancla de la economía, al representar dos de cada tres empleos. Sólo uno de cada siete suizos trabaja en el gobierno, aproximadamente la mitad del promedio escandinavo.

Ninguna otra nación tiene una divisa que haya aumentado más rápido contra sus socios comerciales y, por lo general, un franco en aumento debería erosionar las exportaciones suizas al volverlas más caras. Mientras que la mayoría de los países ricos (entre ellos los de Escandinavia) vieron caer su participación en las exportaciones globales en la última década, la de Suiza continuó creciendo.

La prima que el mundo está dispuesto a pagar por bienes y servicios suizos ayuda a disuadir la fuga de capitales y a estabilizar la economía. Suiza no se ha visto afectada por una crisis financiera interna desde los 70.

Si hay alguna línea de fractura, es que al intentar desacelerar el alza del franco, Suiza recortó las tasas de interés a niveles récord antes que sus contrapartes europeas, lo que desató un auge de préstamos que ha impulsado la deuda privada corporativa y de los hogares a 250 por ciento del PBI. Ningún paraíso es perfecto.

Cierto, el ascenso de partidos antiinmigrantes por toda Europa tiene un brote en Suiza. El país siempre ha sido selectivo, al aceptar recién llegados con base en su currículum profesional más que lazos familiares o necesidad humanitaria. Pero Australia y Canadá también filtran inmigrantes para ocupar empleos y son modelos ampliamente estudiados de las formas en que economías ricas pueden sobrevivir el envejecimiento de sus fuerzas laborales nacionales.

Suiza le ha dado la bienvenida a más inmigrantes que cualquier país escandinavo desde los 50. Se perfila para aceptar a más de 250 mil inmigrantes entre 2015 y 2020, expandiendo su población en un 3 por ciento. Ese índice es casi el doble que el promedio escandinavo y uno de los más altos entre los grandes países desarrollados. También es más probable que los inmigrantes tengan empleo en Suiza, en parte porque a la mayoría se le exige conseguir uno antes de llegar.

La fuerza laboral suiza recibe un impulso adicional de un sistema de educación pública meritocrático que empieza a encauzar a estudiantes de apenas 12 años hacia sus fortalezas académicas. Las universidades de clase mundial cobran una cuota anual de sólo mil dólares y dejan a los egresados con miles de dólares menos en deuda que muchas escuelas escandinavas.

Los admiradores acérrimos del socialismo escandinavo pasan por alto el cambio de opinión en países como Suecia, donde un cuantioso gasto gubernamental llevó a las crisis financieras de los 90. Suecia respondió reduciendo la tasa más alta de impuesto sobre la renta al 50 por ciento, de casi un 90 por ciento. El gasto público cayó del 70 al 50 por ciento del PBI. El crecimiento resucitó, mientras la economía escandinava comenzó a parecerse más a Suiza, al optimizar el gobierno y dar a las empresas más espacio para crecer.

La verdadera lección del éxito suizo es que la opción drástica ofrecida por muchos políticos —entre la empresa privada y el bienestar social— es falsa. Un país pragmático puede tener un entorno propicio para los negocios junto con igualdad social, si logra el equilibrio correcto. Los suizos se han convertido en la nación más rica del mundo al hacer las cosas bien, y su modelo está oculto a plena vista.

Fuente: Clarin

  • Fecha 13.11.2019
  • Sección Generales
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