Psicología

El coronavirus muestra cómo juzgamos mal el riesgo

Poco después de que la Universidad de Washington anunciara que el cuarto presunto caso del nuevo coronavirus en la facultad había resultado ser negativo, dos profesores, uno de política pública y otro de salud p&ua...

Poco después de que la Universidad de Washington anunciara que el cuarto presunto caso del nuevo coronavirus en la facultad había resultado ser negativo, dos profesores, uno de política pública y otro de salud pública, organizaron una cena para estudiantes y miembros del cuerpo docente.

El coronavirus era lo único de lo que hablaba la gente.

Sin embargo, un estudiante de salud pública, exasperado, recitó una serie de estadísticas. Para ese entonces, el virus había causado alrededor de 1.100 muertes e infectado a aproximadamente una docena de personas en Estados Unidos. La gripe causa la muerte de alrededor de 400 mil personas todos los años, incluyendo a 34.200 estadounidenses en la temporada de gripe más reciente.

Todavía hay una profunda incertidumbre sobre la tasa de mortalidad del nuevo coronavirus, y la cifra al extremo superior del rango se calcula que es de hasta 20 veces la de la gripe, pero algunas estimaciones son de apenas 0.16 por ciento para aquellos que resultaron afectados fuera de la abrumada provincia de Hubei en China.

Más o menos a la par de la gripe.

¿No había algo extraño, preguntó el estudiante, en la extrema discrepancia en las reacciones del público?

Ann Bostrom, coanfitriona de la cena y experta en la psicología de la forma en que los humanos evalúan el riesgo, dijo que el estudiante tenía razón sobre los virus, pero no sobre la gente.

Con el nuevo coronavirus, indicó, la mente tiene sus propias formas de medir el peligro. Y el virus activa casi todos los detonadores cognitivos que tenemos.

Eso explica la oleada de ansiedad global.

Hay una lección, señalan los expertos, en el casi terror que induce el virus, incluso cuando amenazas graves como la gripe reciben poco más que un encogimiento de hombros. Ilustra los prejuicios inconscientes en la forma en que los seres humanos piensan en el riesgo, así como los impulsos que a menudo guían nuestras respuestas —en ocasiones con consecuencias graves.

Los expertos solían creer que las personas evaluaban el riesgo como los actuarios, al examinar detalladamente análisis de costo-beneficio. Pero una oleada de experimentos psicológicos en los 80 echó por tierra esa idea.

Los investigadores descubrieron que la gente usa un conjunto de atajos mentales para medir el peligro. Y suele hacerlo de forma inconsciente, lo que significa que el instinto puede jugar un papel mucho más grande del que se da cuenta.

El mundo está lleno de riesgos, grandes y pequeños. Idealmente, estos atajos ayudan a la gente a descubrir por cuáles preocuparse y cuáles desestimar. Pero pueden ser imperfectos.

El coronavirus podría ser un ejemplo.

“Esto detona todas las alarmas que llevan a una percepción de riesgo intensificada”, dijo Paul Slovic, psicólogo en la Universidad de Oregon que ayudó a innovar la psicología del riesgo moderna.

Cuando uno se topa con un riesgo potencial, el cerebro hace una búsqueda rápida de experiencias pasadas. Si puede recurrir a múltiples recuerdos alarmantes, concluye que el peligro es alto. Pero a menudo no logra evaluar si esos recuerdos son verdaderamente representativos.

Un ejemplo clásico son los accidentes de avión.

Si ocurren dos en rápida sucesión, volar parece de pronto más atemorizante —incluso si su mente consciente sabe que esos accidentes fueron una aberración estadística. Pero si usted toma algunos vuelos y no pasa nada malo, lo más probable es que su cerebro empiece a decirle otra vez que volar es seguro.

En lo que se refiere al coronavirus, dijo Slovic, es como si la gente experimentara un reporte tras otro de accidentes de avión.

“Escuchamos sobre las muertes”, dijo. “No escuchamos sobre el 98 o más por ciento de personas que se han recuperado de ello y que podrían haber tenido casos leves”.

Esa tendencia puede ir en ambas direcciones, al llevar no a una alarma indebida sino a una autocomplacencia indebida. Aunque la gripe mata a decenas de miles de estadounidenses y a muchas personas más en todo el mundo todos los años, las experiencias de la mayoría de la gente con ella son relativamente mundanas. Ser informada de lo peligrosa que es la gripe hace poco para cambiar esto, han descubierto estudios.

El virus también echa mano de otros atajos psicológicos para evaluar el riesgo.

Y tal vez el atajo más poderoso de todos sea la emoción.

Los reportes sobre el coronavirus presentan imágenes perturbadoras: ciudades con cercos sanitarios y hospitales abarrotados. Otro detonante es una amenaza que no se entiende del todo. Entre menos conocida es, más gente podría temerla.

Las amenazas que parecen salirse de control, como un brote, motivan a una respuesta similar, lo que lleva a la gente a buscar formas de reimponer control, por ejemplo al acopiar provisiones.

“Nuestros sentimientos no son muy buenos para la aritmética”, dijo Slovic.

Eso puede resultar cierto cuando se juzgan amenazas de baja probabilidad y alto riesgo como una guerra nuclear, o morir por coronavirus o la influenza.

Nuestras mentes suelen “redondear” la probabilidad a “básicamente cero” y reaccionamos al darle poca importancia, dijo Slovic, o nos enfocamos en el peor resultado posible, lo cual “nos da un fuerte sentimiento, así que reaccionamos exageradamente”.

Fuente: Clarin

  • Fecha 25.02.2020
  • Sección Generales
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