OPINION

Evo y Piñera, historias paralelas

Hace menos de un mes, Sebastián Piñera y Evo Morales​ mostraban, en Chile y Bolivia, una salud política razonable. Los problemas que habían surgido en ambos países, con gobiernos de orientación polí...

Hace menos de un mes, Sebastián Piñera y Evo Morales​ mostraban, en Chile y Bolivia, una salud política razonable. Los problemas que habían surgido en ambos países, con gobiernos de orientación política muy distintas, eran complicados pero no irresolubles. Chile disfrutaba de esa pátina de “modelo” que lo hizo entrar abruptamente en la modernidad y el progreso, mientras que Bolivia también exhibía sólidos números económicos y una inédita estabilidad. Piñera es claramente un presidente de centro-derecha y Evo se había convertido en un icono de la izquierda latinoamericana y un representante genuino de los pueblos originarios.

Piñera se aprestaba entonces a mostrar ese Chile diferente en dos conferencias mundiales (Cambio Climático y Foro de Cooperación Económica de Asia y Pacífico, a la que iban a asistir Trump y Xi Jinping​, para quizá cerrar la guerra comercial entre ambas potencias) y Morales confiaba en estirar por cuarta vez su mandato. Todo esto voló por el aire.

El 18 de octubre, se encendió la mecha chilena con un mínimo pero simbólico aumento del boleto de subte. Desde entonces, con distintas características, las manifestaciones expresaron el profundo malestar de las clases medias y bajas contra la desigualdad y la concentración de la riqueza. Un movimiento sin cabeza visible, con extremos antisistema, que reclama cambios urgentes y que el gobierno de Piñera no alcanza a realizar. Sus ofertas no consiguen tranquilizar la situación mientras que grupos muy violentos se encargan a mantener viva la crisis.

Los partidos políticos, que han participado en su gran mayoría del gobierno de Chile con la experiencia de la Concertación, también están sorprendidos y, al mismo tiempo, paralizados porque no encuentran una fórmula para que todo vuelva a la normalidad. Aun los diversos experimentos que se están barajando en el poder, por ejemplo de apertura del gobierno a otras expresiones políticas, choca con el problema de que nazcan muertos, ya sea porque no tengan efecto para diluir el malestar o porque los propios dirigentes desistan de integrarse a esos intentos.

En Chile, Piñera apeló a las medidas de emergencia -volvieron los toques de queda- y a la intervención de las Fuerzas Armadas, lo que provocó una fuerte reacción política contra el presidente, que luego debió revertir esas decisiones.

En Bolivia, la presión policial-militar terminó con la renuncia de Evo Morales y la creación de un vacío de poder muy peligroso. Antes, Morales había ganado la primera vuelta electoral el 20 de octubre (dos días después del alzamiento chileno) pero esa elección quedó muy sospechada. Tanto que la propia OEA aconsejó que se realizara otra por la magnitud de las irregularidades. Morales había pedido esa auditoría vinculante. La OEA (y la auditoría técnica) determinaron que hubo fraude para impedir una segunda vuelta que podría ser adversa a Morales.

Evo ya había sufrido una severa derrota política y la “sugerencia” militar de que renuncie configuró una situación de salida que Morales aceleró porque se llevó consigo toda la línea de sucesión. Estaba asediado por una reacción popular por el fraude electoral.

La torpe declaración del Departamento de Estado de EE.UU. sirvió también para darle un marco político a este golpe.

Evo Morales está asilado en México y Piñera sigue asediado, barruntando si su renuncia puede ser la válvula de escape a la crisis.

Fuente: Clarin

  • Fecha 13.11.2019
  • Sección Generales
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